El mar pidió un lenguaje nuevo, y María lo aprendió colgada de la jarcia. Del mástil penden ahora un aro y unas telas: la danza se volvió aérea, suspendida entre el cielo y el agua, con cada fondeadero como teatro y el sol como único foco.
No hay función ni aplauso — hay disciplina y juego a partes iguales: la fuerza silenciosa de sostenerse en el aire, la tela que serpentea en el viento, el aro girando despacio sobre un fondo turquesa. Bailar, otra vez, como al principio: por el puro placer de hacerlo.









